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La Importancia de los Valores

Es increíble ver cómo muchas veces las compañías incluyen en los requerimientos de los perfiles de puesto temas como “honestidad”, “ética profesional”, entre otros.

Evidentemente estos aspectos son muy difíciles de medir y muchas veces también difíciles de comprobar. La pregunta es más bien ¿Por qué contemplan estos aspectos en sus requerimientos las empresas? ¿Se debe a malas experiencias pasadas? ¿Se debe a la famosa “cultura del bambeo” o de los “títulos made in Azángaro”?

Lo más probable es que se deba, en efecto, a malas experiencias pasadas. Si pudiera enumerar la cantidad de veces que personalmente he detectado falsedades o “mentiritas blancas” en temas curriculares no tendría espacio en esta columna. Casos que pueden sonar absurdos como colocar en su currículum “Egresado” cuando dicha persona sólo es bachiller es considerado una “falsedad” pero muchos individuos lo catalogan como “errores de redacción y de interpretación”.

En fin, lo que en esencia preocupa es que las empresas, por malas experiencias pasadas o bien sea por temas “culturales” generadores de desconfianza, tengan que exigir una certificación, demostración o prueba que una persona es, por ejemplo, honesta. ¿Acaso no debería ser eso algo intrínseco en una persona? ¿No deberían ser la honestidad, la ética profesional, la ética en los negocios valores que vienen implícitos y que por ende no se deben medir, cuestionar o justificar? Lamentablemente no. Estamos llegando al momento en el cual tener valores o principios sólidos es tener una ventaja competitiva… es hoy en día casi igual que tener “inglés avanzado”.

El culto a la Competitividad

Hoy en día se ha vuelto una práctica común hablar de la competitividad y de cómo debemos cada día exigirnos y exigir más, luchar más, esforzarnos más. Bajo el cliché que reza “el mundo moderno es cada vez más competitivo” pretendemos justificar el excesivo nivel de exigencia que se impone a todo integrante de nuestra sociedad, independientemente de su edad y/o sexo. Hemos llegado al extremo que los padres modernos exigen a sus hijos estándares que ni ellos lograron cumplir cuando eran pequeños. Los niños son hoy más “adultos” que sus padres, sufren de angustia, estrés y agotamiento por la cantidad de actividades extraescolares que realizan (inglés, natación, karate, taller de pintura, etc.) Pregunto, ¿En donde dejamos su felicidad, sus intereses, su niñez?

Sin ánimo de sonar absurdo ni promotor de una mediocridad mal entendida, creo que por momentos nuestra sociedad está llegando a extremos en este tema. El afán de superación se confunde con el deseo incansable de crecimiento. Se llega a creer que el fin justifica los medios siempre y cuando se consiga el llamado “éxito”. Ser el primero, ser el mejor, el que más gana prevalece sobre todas las cosas. Todos queremos ganar, ganar, ganar.

Se cree (y se fomenta) que el “tercio superior” nos garantiza un trabajo mejor, que sobresalir en todo nos dará un mejor empleo y un mejor salario. Mire a su alrededor, sin duda poder competir es bueno, tener estándares altos es positivo, exigir calidad es bueno, pero, recordemos que nos siempre vamos a poder ganar. Hasta los mejores algún día pierden.

Para reflexionar:


  • Aunque estudiemos, nos exijamos, hagamos lo que hagamos, no todos tienen las habilidades para ser gerentes. No todos van a ser gerentes. Esa es una realidad.
  • ¿No se ha preguntado nunca por qué desde que somos pequeños nos acostumbran a ver los errores y defectos en vez de ver las cualidades y aciertos?
  • ¿Por qué no fomentar una cultura de “ser competentes” en vez de ser competitivos? Recordemos que ser competente es tratar de ser mejor uno mismo. Tratar de superarse a uno mismo.